top of page
Buscar

De la ceniza al diamante de año nuevo.

  • Foto del escritor: OSCAR PORTALES
    OSCAR PORTALES
  • 27 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

La noche de Reyes siempre tiene algo de escena repetida y, aun así, nueva. Las calles callan antes de tiempo, las casas respiran despacio y el año, todavía tibio, se deja mirar sin defensas. Hay un momento en que todo parece suspendido, como a la espera de un gesto antiguo. Entonces llega el regalo. A veces no es el que imaginábamos. A veces es carbón.



El carbón entra en la casa sin hacer ruido. No reclama atención ni aplausos. Se posa como una presencia oscura y discreta que, lejos de estropear la fiesta, la vuelve más real. En su superficie se adivinan los días largos, las decisiones apresuradas, los silencios que se quedaron a medio camino. Es el año devuelto a las manos, sin envoltorio.


De niños aprendimos a temerlo. De adultos aprendemos a leerlo. Ya no hay juicio externo ni lista de méritos. El carbón no viene de fuera. Es el resultado de lo que hicimos con el tiempo, de cómo tratamos lo frágil, de cuánto escuchamos cuando era necesario. Es el regalo que llega cuando las luces bajan su intensidad y la verdad se vuelve más amable.


La Navidad transforma incluso lo áspero. El carbón, bajo esa luz suave, deja de ser reproche y se convierte en relato. Habla de jornadas en las que sostuvimos más de lo que parecía posible, de errores que no supimos nombrar, de renuncias pequeñas pero constantes. Habla también del calor que no se apagó, de la materia que siguió viva incluso en los días más densos.


Hay algo narrativo en recibir carbón. No cierra la historia, la continúa. Es un capítulo sin brillo, pero necesario. Como esas páginas de la vida que no se subrayan y, sin embargo, sostienen todo lo demás. El carbón no resume el año, lo condensa. Es la huella de lo vivido comprimida en silencio.


Se dice que el carbón, con presión y tiempo, puede transformarse en diamante. En la noche de Reyes esa idea no suena a promesa grandilocuente, sino a posibilidad íntima. No todo lo que pesa está perdido. No todo lo oscuro carece de valor. Algunas transformaciones necesitan invierno, profundidad y paciencia.


Mientras la ciudad duerme y los calendarios se preparan para cambiar de número, el carbón descansa. No exige explicaciones ni propósitos inmediatos. No pide listas ni juramentos. Solo invita a mirar. A reconocer que nuestras obras dejan rastro y que ese rastro vuelve a nosotros, no para castigarnos, sino para decirnos dónde estamos.

Hay un ritmo sereno en esta lectura. Avanza sin prisa, como una caminata nocturna después de la cena. El carbón acompaña, no empuja. Nos recuerda que crecer no es eliminar las sombras, sino aprender a convivir con ellas. Que la adultez también tiene su magia, más silenciosa, menos espectacular, pero profundamente verdadera.


Cuando el nuevo año asome, el carbón seguirá ahí, quizá ya menos oscuro. No porque haya cambiado, sino porque nosotros lo miramos de otra manera. En ese gesto se esconde algo muy navideño. La capacidad de acoger lo recibido, de comprender lo vivido y de seguir caminando sin negar el peso, pero sin cargarlo como condena.


Tal vez ese sea el regalo más fiel de los Reyes en la vida adulta. No lo que deseamos, sino lo que necesitamos para continuar la historia. Un carbón que guarda calor, memoria y posibilidad. Y en su quietud, una invitación suave a escribir el siguiente capítulo con más conciencia, sin ruido, bajo la luz paciente de una noche que todavía cree en la transformación.

 
 
 

Comentarios


© 2025 By Óscar Portales. Powered and secured by WIX

bottom of page