Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia.
- OSCAR PORTALES
- 16 ene
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Actualizado: 18 ene
La LOPIVI, Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia, nació en un contexto social en el que resultaba cada vez más evidente una realidad incómoda. La violencia contra niños, niñas y adolescentes no era un fenómeno excepcional ni marginal, sino una experiencia silenciosa que podía darse en espacios muy diversos, también en aquellos que consideramos seguros. Esta ley no surge desde la alarma puntual, sino desde una mirada amplia que reconoce la complejidad del desarrollo infantil y la responsabilidad colectiva de protegerlo.

Para madres y padres, la LOPIVI puede generar una mezcla de alivio y preguntas. Alivio porque pone en el centro el bienestar de la infancia como un bien social irrenunciable. Preguntas porque interpela de forma directa a la familia como primer entorno de cuidado, pero también como espacio donde pueden reproducirse dinámicas dañinas sin plena conciencia de ello. La ley no señala desde la culpa, sino desde la corresponsabilidad, recordando que educar y proteger no es solo una tarea privada, sino también social.
Uno de los aportes más relevantes de la LOPIVI es su enfoque preventivo. No se limita a actuar cuando el daño ya se ha producido, sino que propone generar contextos seguros desde el inicio. Esto implica formación, detección temprana y una mayor sensibilidad hacia las señales que los niños expresan, muchas veces de forma indirecta. Para las familias, este enfoque invita a afinar la escucha y a revisar rutinas, estilos educativos y formas de relación que suelen darse por supuestas.
La ley amplía el concepto de violencia más allá del daño físico evidente. Incluye la violencia psicológica, la negligencia, la exposición a entornos violentos y las nuevas formas de agresión que surgen en el ámbito digital. Esta mirada integral puede resultar incómoda, ya que obliga a reconocer que ciertas prácticas normalizadas pueden tener un impacto profundo en el desarrollo emocional de los hijos. Al mismo tiempo, abre la puerta a una crianza más consciente y respetuosa.
Otro aspecto clave es el reconocimiento de los niños y adolescentes como sujetos de derechos, no solo como personas en proceso de convertirse en adultas. La LOPIVI refuerza su derecho a ser escuchados y tenidos en cuenta en las decisiones que les afectan. Para madres y padres, esto supone un cambio cultural relevante. Escuchar no significa ceder siempre, sino considerar su voz como parte legítima del diálogo familiar, incluso cuando resulta desafiante.
La ley también subraya la importancia de la coordinación entre familia, escuela, servicios sanitarios y entorno comunitario. Ningún adulto protege solo. Esta idea puede aliviar la sensación de aislamiento que a veces acompaña a la crianza, recordando que pedir ayuda no es un fracaso, sino una forma de cuidado. Al mismo tiempo, plantea el reto de confiar en las instituciones y de construir puentes de colaboración basados en el respeto mutuo.

En el día a día, la LOPIVI no pretende convertir a las familias en expertas legales, sino ofrecer un marco que oriente y sostenga. Su espíritu invita a preguntarse cómo acompañamos el crecimiento de nuestros hijos, qué mensajes transmitimos sobre el respeto, los límites y la dignidad, y de qué manera respondemos cuando algo no va bien. No propone recetas cerradas, sino una ética del cuidado que se adapta a cada realidad.
Pensar la LOPIVI desde la reflexión y no desde la imposición permite entenderla como una oportunidad. Una oportunidad para revisar nuestras certezas, para aprender a mirar la infancia con mayor profundidad y para asumir que proteger no es controlar, sino crear condiciones donde cada niño pueda desarrollarse con seguridad y confianza. La ley no ofrece respuestas definitivas, pero sí un marco desde el que seguir haciéndonos preguntas esenciales sobre cómo queremos cuidar y ser cuidados.



