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La grandeza del incompetente.

  • Foto del escritor: OSCAR PORTALES
    OSCAR PORTALES
  • 26 feb
  • 3 Min. de lectura

Hay una forma silenciosa de rendición que se ha ido normalizando. No es el abandono explícito del esfuerzo, sino algo más sutil. Consiste en preferir no saber que no sabemos. En lugar de enfrentarnos a la incomodidad de reconocer una carencia, elegimos una ignorancia tranquila, casi protectora. No es que no queramos mejorar, es que cada vez resulta más costoso aceptar el punto de partida.



Durante mucho tiempo, no saber algo era el primer paso natural hacia el aprendizaje. Reconocer el límite activaba la curiosidad, el deseo de avanzar, incluso cierta humildad fértil. Hoy, en cambio, ese reconocimiento suele vivirse como una amenaza a la identidad. Saber que no sabemos se percibe como una pérdida de valor personal, como si la competencia fuera una condición previa para merecer respeto.


Este desplazamiento tiene mucho que ver con la cultura de la exposición permanente. Vivimos comparándonos, no solo con quienes nos rodean, sino con versiones cuidadosamente editadas de los demás. En ese contexto, el aprendizaje deja de ser un proceso y se convierte en un escaparate. No importa tanto mejorar como parecer competente. Y cuando la apariencia pesa más que el recorrido, la ignorancia consciente se vuelve incómoda

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De ahí surge otro fenómeno igualmente inquietante. Cuando alguien destaca de manera clara en un ámbito, la reacción natural ya no es observar, aprender o preguntar. Con frecuencia aparece una pulsión distinta. Restar valor, cuestionar el mérito, cambiar las reglas del juego o desplazar la atención hacia otros criterios donde uno mismo se sienta a salvo. No se trata solo de envidia, sino de autoprotección psicológica.


Aceptar que otro es mejor en algo implica admitir una jerarquía concreta, aunque sea temporal o limitada. Para muchas personas, eso activa una herida narcisista. El yo se siente amenazado porque ha sido construido sobre una idea de suficiencia constante. Si alguien demuestra una habilidad superior, esa narrativa interna se resquebraja. Es más sencillo desacreditar al otro que revisar la propia autoimagen.


Entre los componentes psicológicos que intervienen destaca el miedo a la incompetencia. No al error puntual, sino a la sensación de ser estructuralmente insuficiente. Este miedo se ve reforzado por sistemas educativos y laborales que penalizan el fallo más que la falta de curiosidad. Aprendemos pronto que equivocarse tiene consecuencias visibles, mientras que no intentarlo suele pasar desapercibido

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También juega un papel importante el sesgo de autojustificación. Tendemos a construir relatos internos que nos permiten seguir sintiéndonos coherentes y valiosos. Si no somos buenos en algo, resulta tentador convencernos de que no importa, de que está sobrevalorado o de que quienes destacan ahí lo hacen a costa de otros aspectos. Así evitamos el esfuerzo, pero también la confrontación honesta con nuestras posibilidades.


Hay además una dimensión colectiva. Cuando un grupo normaliza la mediocridad defensiva, quien sobresale se convierte en un elemento incómodo. Su sola presencia recuerda lo que podría hacerse mejor. En lugar de elevar el estándar, el grupo puede optar por bajarlo, ridiculizar la excelencia o reinterpretarla como arrogancia. De ese modo se preserva una sensación de igualdad que no exige transformación.


Todo esto no ocurre por maldad consciente. Sucede porque mejorar implica atravesar fases de torpeza, exposición y vulnerabilidad. Requiere tiempo, paciencia y una tolerancia al malestar que escasea en entornos acelerados. Preferir no saber que no sabemos es, en el fondo, una estrategia para evitar ese tránsito.


Sin embargo, el precio es alto. Cuando dejamos de aprender de quienes saben más, empobrecemos nuestra experiencia y estrechamos el horizonte de lo posible. Convertimos el talento ajeno en una amenaza en lugar de una invitación. Tal vez la reflexión necesaria no sea cómo destacar menos, sino cómo volver a mirar la ignorancia no como un fallo moral, sino como un punto de partida legítimo y profundamente humano.

 
 
 

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