Precariedad por disfuncionalidad.
- OSCAR PORTALES
- 21 nov 2025
- 3 Min. de lectura
A veces basta asomarse a la vida cotidiana de una empresa para percibir que algo se ha desajustado. No hace falta que exista un caos evidente. Basta una reunión que se alarga sin rumbo o un proyecto que se detiene sin que nadie sepa muy bien por qué. La disfuncionalidad suele tener ese carácter discreto que se infiltra en los procesos, diluye la claridad y enturbia la convivencia profesional. No siempre aparece como un gran problema estructural, pero termina condicionando la forma en que trabajamos y la manera en que nos relacionamos.

Muchas organizaciones conviven con estas grietas silenciosas. Surgen cuando las decisiones se dispersan, cuando las responsabilidades se solapan o cuando los liderazgos transmiten más duda que dirección. A veces la empresa se mueve por inercias que nadie cuestiona y que, con el tiempo, se convierten en la raíz de un desgaste difícil de nombrar. Ese desgaste no implica necesariamente precariedad, aunque la acerca. Puede no haber malas condiciones laborales en un sentido formal, pero la falta de orden interno ya representa un riesgo para el bienestar y el rendimiento.
Cuando una empresa opera con procesos confusos o expectativas ambiguas, el día a día se vuelve más tenso. Los equipos reciben objetivos cambiantes, los esfuerzos se multiplican sin resultados claros y las personas sienten que trabajan más de lo que aportan. Es en ese espacio ambiguo donde la precariedad comienza a insinuarse. No siempre adopta la forma de un contrato frágil o de un salario escaso. A veces se expresa en la falta de apoyo, en la sensación de no tener margen para aprender, crecer o incluso equivocarse.
En muchos sectores la disfunción se vuelve especialmente visible. Una cadena logística que comunica tarde sus decisiones genera errores en cascada. Un departamento de atención al cliente que no comparte información hace que cada empleado improvise sin brújula. En entornos industriales, un fallo de coordinación retrasa turnos, alimenta tensiones y erosiona la motivación. Cada ejemplo muestra que detrás de cualquier ineficiencia técnica suele existir una cuestión humana que la amplifica o la atenúa.
La presencia de líderes atentos cambia ese escenario. No porque tengan respuestas rápidas para todo, sino porque saben escuchar, dar dirección y crear espacios donde cada persona entiende qué se espera de ella. Cuando el liderazgo se vuelve claro y cercano, la disfunción pierde fuerza. La precariedad también, porque el trabajo recupera sentido. Las organizaciones que logran este equilibrio suelen demostrar que la eficiencia no depende únicamente de procesos depurados, sino también de vínculos sólidos y conversaciones honestas.
La introducción de herramientas de acompañamiento como el coaching empresarial puede resultar incómoda al principio. Supone reconocer que ciertas dinámicas han dejado de funcionar y que hace falta una mirada externa para detectarlas. Aun así, muchas empresas descubren que esa incomodidad es el preludio de un cambio profundo. No se trata de una solución rápida, sino de un proceso que invita a revisar estilos de gestión, fortalecer habilidades relacionales y abrir caminos para que los equipos recuperen protagonismo.

El coaching estratégico ayuda a aclarar roles, mejorar la comunicación y generar un clima donde cada persona pueda aportar sin sentir que camina entre obstáculos permanentes. No elimina la complejidad inherente a cualquier organización, pero la ordena. Y cuando las relaciones se ordenan, la precariedad encuentra menos espacio para instalarse.
La disfuncionalidad y la precariedad no siempre aparecen juntas, aunque con frecuencia se alimentan. Ignorar esa relación implica renunciar a la posibilidad de transformar una empresa en un lugar donde trabajar no sea una fuente constante de tensión. Mirar de frente los problemas, comprender su origen y actuar con intención abre oportunidades que van más allá del rendimiento económico. Permite construir entornos donde la eficiencia convive con el bienestar y donde el trabajo se convierte en una experiencia que suma, más que una que se sobrevive.



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